Hace tiempo que dejé de buscar la perfección. Me conformo con la sabiduría. Aún así, cuando de amigos se trata, prefiero al que se arremanga a pelear a mi lado que al que declama sobre poner la otra mejilla o que me baste con reconocerme a mí mismo.

No busco el conflicto, pero no me importa estar en medio de él, no soy de los pacifistas a ultranza, prefiero no desenvainar la espada, pero si tengo que hacerlo, lo hago.

En política, la izquierda y la derecha proclaman… pero ambas son una farsa. Los ideales politicos son una farsa. Los seguidores son fanáticos matrizados en serie.

Creo en la política de la no-política. En un mundo sin líderes, ni seguidores.

Antes de la 2da. guerra mundial, la corona auspicio a Hitler para acotar a la Union Sovietica. Antes de eso, apadrino a Lenin en la revolucion comunista. Después tuvo que aliarse a los soviéticos para acotar a Hitler.

Ningún ideal, traición sobre traición.

Lo real son las ciudades y las vidas destruidas.

Pasan los años y cuando todo parece olvidado, aparecen los alegres comedores de tiempo. Ellos resucitan los cadáveres y comen de su carne. No les piden pruebas ni fuentes a sus lideres, los dejan tranquilos en sus palacios.

Pero, de allí en más, van a apabullar a todo pensador exigiendo que pruebe la verdad de sus expuestos, misma que, de todas maneras, no van a escuchar.

Hace muchos años, un grupo de discipulos de la Sociedad Teosofica nos sentabamos a escuchar a Don Labrador, un sabio sin escuela que vivia en un tapera en Francisco Alvarez, Provincia de Buenos Aires.

No le pediamos pruebas ni fuentes, por simple discernimiento sabiamos que decia la verdad.

Pero nosotros somos hijos memoriosos de los gigantes que habitaban la Tierra antes de la llegada del Dios de los muchos nombres, o llegamos de muy lejos, de las estrellas.

Hubo que imponer a un dios tan cruel para aplacar a hombres altos como montañas que jugaban a los dados con los otros dioses.

Yo no he olvidado.

Las doctrinas de la no violencia vinieron después de ese dios, porque nosotros no las necesitábamos, éramos dulces como panales, gozabamos bailando y creando música. Todo eso enfureció al Dios y nos envió maldiciones sin fin: plagas, insectos, muerte de primogénitos, rios tintos en sangre… y finalmente, la inundación.

Nunca fuimos su pueblo elegido, por qué acatar sus leyes?

Dios nos odia, el rey nos teme, los vasallos nos insultan y apedrean. Debemos dar la otra mejilla? Hasta cuando?

El que camina con la muerte.