Una vez que Yavel creció lo suficiente, se sintió solo en su habitación, ya que no había allí otros que fueran como él.

Así que buscó y rebuscó entre las cosas que había acumuladas en la casa, hasta que halló una esfera de vidrio, hueca por dentro.

Algo maravilloso surgió en su mente al ver aquélla esfera.

Reunió algunas piedras y plantas y las colocó en el fondo. Y para darle más consistencia al entorno, le agregó agua.

Luego se asomó sobre la superficie de su creación y vio su rostro reflejado en el agua y pensó: “Esto es bueno”.

Pero su invento carecía de sentido sin nadie que lo admirara.

Entonces recordó que en una laguna cercana había criaturas que nadaban en el agua libremente. Improvisó una red y se dirigió al lago, donde obtuvo dos de aquellos seres vivientes.

Los introdujo en su recién creada pecera, les puso nombre y les dijo:
– De ahora en más os reproducirás y pondréis nombre a todas las cosas de esta pecera y a Mi, Vuestro Creador, me llamaréis Dios. Y a nadie más adoraréis.

Los peces obedecieron.

Aunque con el tiempo olvidaron su lago original, algo en su interior les decía que no pertenecían a esa pecera.

Y nunca lograron ser felices…