El universo funciona y se expande en base a dimensiones. Para los antiguos eran 9, en concepciones más modernas se habla de 7. Es sugerido que la nuestra es la última dimensión dual y es posible que, al salir de ella, nos encontremos con situaciones muy diferentes e impensables desde el punto de vista mental. Pero antes de salir, me gustaría reflexionar acerca de este mundo en el que vivimos.

Muchas personas se esfuerzan en ser vegetarianos, no sólo como una postura que mejora su salud, sino como actitud que revela su espiritualidad, condenando generalmente a los humanos omnívoros al estado de salvajes.

Al mismo tiempo hay personas que se manifiestan contra la posesión de armas y, de hecho, hay todo un debate en los Estados Unidos de Norteamérica sobre el particular.

Vegetarianismo y pacifismo parecen marchar de la mano, aunque no se da siempre esta confluencia en las personas.

Por otro lado, la posesión de armas puede justificarse en la necesidad de defenderse (de criminales) y de asegurar la propia libertad (afectada potencialmente por un estado totalitario); en tanto que el mantenerse omnívoro puede basarse en una cuestión de salud (la capacidad de absorción de proteínas de las personas es diferente)

Fuera de estos argumentos, cabe analizar de qué manera se da en la naturaleza.

Toda la relación en el mundo silvestre, así como en el humano, se desarrolla en base a la territorialidad y la preservación de la especie.

Decimos que el ser humano es el único que mata a los de su propia especie, pero no es cierto, en la naturaleza no hay discriminación al respecto. Por ejemplo: los leones viven un promedio de 12 años antes de ser muertos por otros leones. Los machos de casi todos los tipos de animales se matan entre sí por territorio o por la obtención de hembras.

En verdad, la vida silvestre es una carnicería indiscriminada, donde la selección natural se da por la prevalencia del más fuerte, como todos sabemos.

Las bestias vegetarianas no están exceptuadas de esta conducta. La matanza de vegetales para comer no es diferente a la de los animales. Los vegetales son seres vivos y sintientes y eso está probado de diversas maneras.  Por otra parte, los animales que se alimentan de plantas también son capaces de matar a otros machos de su especie por las hembras y a los de cualquier especie por territorio.

Matar para sobrevivir es la consigna… y no la hemos inventado nosotros.

¿Cuál es la razón o el significado ético de todo esto?

Principalmente, no podemos establecer principios éticos en base al alimento que consumimos o a la posesión de armas.

En un sistema donde es necesario matar para vivir, da lo mismo si matas una planta de lechuga o una vaca. La diferencia podría, sí, existir, si comiéramos sólo frutos. En una humanidad armada se justifica el desarme, si todos lo respetamos: ciudadanos, criminales y gobiernos.

Somos bastante hipócritas y muy fácilmente determinamos diferencias tratando de sentirnos mejores que el que come carne, tiene una pistola en su casa o ve demasiada televisión.

Queremos crear medidas para todos y así, decimos que beber no está mal si no lo hacemos en demasía, si lo bebido supera o no cierta proporción en la sangre, etc.

Lo peor del caso es que nos sentamos en la poltrona de la conformidad cuando logramos ciertas metas como no comer carne, meditar a diario, hacer yoga, etc.

En la realidad, podemos memorizar todos los libros sagrados, meditar todo el día y alimentarnos sólo de arroz y continuar siendo idiotas.

Sobre todo si vamos al hecho de que nuestros principales libros sagrados son, en verdad, relatos de guerras, venganzas e intolerancia.

Creo que nadie – y yo menos que nadie – puede inventar una regla para aumentar la espiritualidad. Ésta se basa en el nivel de contacto con nuestra esencia espiritual, o como aseguran ciertas filosofías: en la memoria de la sangre.

El acercamiento a nuestra esencia depende de circunstancias personales y posiblemente sea diferente para todos.

Esto no significa que no haya nada que podamos hacer para ayudarnos en este sentido. Significa que no basta con la elección de comidas o posesión de armas.

Conceptualmente hablando, la espiritualidad podría estar relacionada a un aumento de la capacidad perceptiva o conciencia, una mayor concentración en la realidad, la búsqueda de valores personales (como ser valientes, honestos, impecables), desarrollo de la memoria ancestral (recordando  el folklore de nuestra raza y nuestra propia historia a través de las diferentes reencarnaciones) y cierta tendencia a la búsqueda de la verdad en todas sus manifestaciones.

La prueba de éxito parcial en este camino es la capacidad de percibir, cada día más, ese mundo espiritual al que pertenecemos.

Esa percepción se manifiesta a través de los sentimientos que nos embargan, del poder ingresar con consciencia a dimensiones más sutiles e, incluso, recibir iniciaciones de los dioses.

Doy fe de que, aun cuando he participado de iniciaciones en el mundo de las sociedades secretas humanas, las cuales han sido muy significativas en mi vida; las que he recibido de los dioses han sido verdaderamente catalíticas, produciendo cambios sorprendentes, aunque esto no pueda verse desde afuera.

Pero, ¿cuál puede ser el resultado del aumento de la espiritualidad en el hombre?

Entiendo que al estar en contacto con nuestra esencia original, sentiremos que nuestra libertad es lo más importante y seremos capaces de defenderla a costa de cualquier cosa.

Ni riquezas, ni poder materiales pueden compararse con la riqueza y poder del espíritu y su capacidad de navegar libremente por las galaxias.

¿Qué no haríamos para defender esa posibilidad?

Pues… la realidad es que hacemos muy poco. La mayor parte del tiempo nos concentramos en la cosa material y perdemos, así, el contacto con atman.

O caemos en alguna de las trampas del sistema, como creernos mejores porque no comemos carne, rescatamos animales, ejercemos la medicina o vivimos en un templo de los Himalaya.

PR 23JUN2016

adv_blog